De la crisis a la oportunidad: productores de Orán transforman la banana en harina y evitan pérdidas millonarias

En Río Blanco Banda Sur, una comunidad creó “Iguopeigenda”, un emprendimiento colectivo que agrega valor a la fruta, frena el descarte en plena cosecha y abre una nueva alternativa productiva para pequeños agricultores salteños.

En Río Blanco Banda Sur, a cinco kilómetros de San Ramón de la Nueva Orán, una comunidad decidió cambiar el destino de su principal producción cuando la banana comenzó a perder valor y a quedar sin comercialización durante la cosecha de verano. Hace ocho meses pusieron en marcha la elaboración de harina de banana verde, una iniciativa colectiva pensada para sostener el trabajo y evitar el desperdicio.

En la provincia de Salta hay alrededor de 2.900 hectáreas cultivadas con banana. Sin embargo, la cosecha masiva suele saturar el mercado y provocar una fuerte caída de precios, dejando excedentes sin salida. “Era desesperante esperar nueve meses para ver tu producción y que luego no tuviera precio”, recordó Francisca Cabezas, referente del proyecto e integrante de la comunidad Tupí Guaraní.

Frente a este panorama, los pequeños productores buscaron asesoramiento en el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA). “Nos acercamos en un momento muy difícil y pedimos ayuda, queríamos aprender”, contó Cabezas. A partir de esa articulación nació “Iguopeigenda”, el emprendimiento que hoy representa una alternativa concreta para agregar valor a la fruta.

La capacitación no solo incluyó el proceso de elaboración de harina, sino también mejoras en el manejo del cultivo. Desde la preparación del terreno hasta el cuidado de la planta, el trabajo técnico permitió mejorar tamaño y calidad. “Antes nuestra banana era pequeña. Hoy la gente la ve y piensa que es de afuera, pero es de acá, de Salta”, destacó.

El proceso productivo comienza con una selección rigurosa. “No es descarte. Se elige el cacho completo, una banana verde, sana, que no esté picada ni en mal estado”, aclaró. Luego se lava, se pela y se corta en finas láminas que se sumergen en agua con limón para evitar la oxidación.

Los filetes se colocan en un deshidratador solar tipo túnel construido por la propia comunidad, un sistema cerrado que garantiza higiene y calidad. Tras dos o tres días de secado, el producto se muele y tamiza. La parte más fina se comercializa como harina, mientras que el resto se utiliza como rebozador, ampliando así las posibilidades de uso.

Lo que comenzó como una respuesta a la crisis hoy se consolida como una experiencia de agregado de valor, trabajo comunitario y diversificación productiva en el norte salteño.

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